LA ISLA ELEFANTE

Dice Sabina que «Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver». Y claro, quién soy yo para contradecir tal cosa.


Que bueno, que vale, que sí… que lo que Sabina diga va a misa. Pero que yo discrepo enormemente. Porque yo me muero por volver a Koh Chang.


Y es que todos tenemos un lugar en el que fuimos inmensamente felices y recordamos con especial morriña y devoción. Y el que diga lo contrario, miente.


Un lugar fetén. Pero no fetén de guay o de fenomenal. Fetén de fetén-fetén, así doblemente dicho, que siempre suena como más de verdad. FETÉN mayúsculo, coño.


Un lugar en el que no tuviste porque estar mucho tiempo. O, bueno, quizá sí. A lo mejor fueron las vacaciones de tu vida poniéndote morao a pescaíto frito, o aquel verano del 97 cronometrando rigurosamente las 2h reglamentarias pa’ hacer la digestión tras el tupper rancio de sandía. O a lo mejor fue solo el minuto de tu vida, ese en el que después de beberte hasta el agua de los floreros, te subiste a aquel escenario a darlo todo cual Beyoncé. Tal vez tu lugar fetén sea viscoso, blanco y amarillo, con forma del huevo frito que te hacía tu abuela pa’ almorzar nada más llegar al pueblo. (Sí, ese que no dejabas de mojar y remojar con ansia viva acompañao de un buen pedazo de ‘pan de pueblo’).


Te hablo de un lugar único, extraordinario, excepcional, irrepetible en el tiempo. Y casi muy probablemente, también tremendamente idealizado con los años, no nos vamos a engañar. Pero al fin y al cabo, un lugar maravilloso convertido en un recuerdo todavía más maravilloso capaz de producir un chute de endorfinas estratosférico cada vez que nos ponemos intensitos y nostálgicos en días grises y rarunos como el de hoy. Ahora ya sabes de qué hablo, ¿no?


Y es que pocos recuerdos felices producen gustera de la güena del nivel ponerse fino filipino a chocolate negro o al de quitarse la mascarilla al llegar a casa.


El mío se llama Koh Chang. Una isla perdida entre Tailandia y Camboya donde Cristo perdió la alpargata en su viaje mochilero por el sudeste asiático.



Koh Chang y yo nos conocimos un bonito noviembre de hace cuatro años de pura chiripa, como el verdadero amor, que llega cuando menos te lo esperas. Yo andaba huyendo de un tremendo monzón que había echado por tierra -además de la mitad del techo de mi hotel- mi idílica estancia en la isla tailandesa de Koh Samui. Tras veinti nosecuantas horas tirada en un aeropuerto con mi mochila sin saber dónde poner el huevo, un alemán con ganas de palique que se acercó a pedirme fuego, me habló por primera vez de aquella isla perdida en la frontera con Camboya. De todo su interesantísimo speech me quedé con 4 palabritas mágicas: DIRECT FLIGHT FROM HERE (vuelo directo desde aquí). Y pies para qué los quiero, si tengo alas para volar…



Fue así como me planté en «La isla elefante» su traducción en tailandés. Un lugar de espectaculérrimas playas y puestas de sol donde el tiempo no existía y mi única obligación era la de menear el body orilla arriba orilla abajo pa’ hacer gana de comerme el monstruoso desayuno que me esperaba frente al mar, a base de huevos en todas y cada una de sus variedades, tostadas, bacon, cereales, leche, zumo, café, doscientas clases de té y todas las frutas del mundo mundial que pueda uno imaginar. Y todo por el irrisorio precio de 100 bahts (unos 2 euros y medio).



El lugar en el que me di el primer guantazo en moto y me hice mi primer tatuaje sin saber si saldría viva de aquello. Pero sí, salí vivita y coleando.


Así que Sabina dirá lo que quiera, pero que... ¿Y Koh Chang pa’ cuándo?