LA TRIGÉSIMA VUELTA

Cuando Halia despertó aquella mañana, Vitalis ya no estaba.


Se sentía extraña envuelta entre aquellas sábanas. Más que extraña, diferente. Sus piernas seguían siendo igual de largas, su cara no mostraba muchas más arrugas que el día anterior y tampoco le habían salido canas a mansalva en la cabeza. Sin embargo, se sentía diferente.


Desayunó en pijama y luego bajó al porche de su preciosa casa azul frente al mar y se sentó a leer un libro en su lugar favorito, recostada en aquella vieja barca -también de color azul- junto a una pared repleta de pequeñas conchas y estrellas que ella misma había colocado una a una algunos años atrás cuando compraron y reformaron la que se había convertido en la casa de sus sueños.



Se quedó descalza, dejando que la arena de la playa rozara sus pies y el sol de invierno se colara entre aquellas páginas y su pelo.


Serían poco más de las 12h del medio día cuando divisó a Vitalis a lo lejos.


—¡Ya estoy de vuelta mi Sol! —Gritó desde el otro lado del embarcadero.


Vitalis era un hombre fuerte, alto, alegre, pero sobre todo rebosante de energía y ganas de vivir, como su propio nombre significaba. Llevaba un pulpo recién pescado en la mano con el que saludaba efusivamente dejando que sus tentáculos se balancearan de lado a lado desde la distancia, mientras sujetaba el timón con la otra, acercándose lentamente hasta amarrar el barco.



—¡Feliz cumpleaños mi Sol!— Le dio un beso en la frente. Siempre la llamaba así, mi Sol, y es que el nombre griego que le pusieron sus padres treinta años atrás en honor al astro rey no fue precisamente en vano. Halia adoraba el sol y todo lo que tuviera que ver con él, con el mar y con el verano.


—¡Hoy cocino yo mi Sol! —Dijo Vitalis mientras entraba alegremente en la cocina dejando la puerta de par en par abierta para poder seguir viendo el mar desde dentro. Halia había abandonado el libro y se disponía a abrir una página en blanco de su libreta para escribir un nuevo cuento. A parte del sol y el verano, también adoraba escribir.


Ulises la miraba atentamente.




—¡Te voy a preparar un manjar digno de los dioses griegos! —Vociferó desde dentro Vitalis—. Ella sonrió.


Al poco rato, unas cuantas sardinas frescas a la brasa y el pulpo recién pescado de la mañana presidían la mesa a pie de playa, con las inmejorables vistas que aquel pequeño y encantador oasis del Peloponeso ofrecía.



Vitalis descorchó una botella de vino con una sonrisa babilónica de oreja a oreja.


—Felicidades, mi Sol.


—¿Sabes? Hoy celebramos algo más que mi cambio de década —pronuncié mientras rozaba mi copa con la suya.


—¿Ah sí? —Preguntó—. ¿Y qué celebramos exactamente?


—Celebramos que aunque ni Halia ni Vitalis existan ni vivan aquí de verdad, hay mucho de ellos en nosotros. Quién sabe, quizá esta casita azul algún día...


Celebramos que viajar a Grecia en enero ha sido algo así como pura FANTASÍA, en mayúscula.


Celebramos que cuando volvamos a casa esta noche, nos espera un año enterito para llenar de aventuras.


Y celebramos también, que no necesitamos nada más para ser felices porque en realidad ya lo tenemos todo. Que ser felices es solo una forma de ver la vida, una actitud, una simple costumbre.

Por último, pero no por ello menos importante -sino más bien todo lo contrario- celebramos la VIDA.


—¿Y qué es la vida para ti, querida Halia?


—La vida es esto —le dije señalando a mi alrededor—. Una copa de vino, el mar, el sol de invierno calentándonos en esta mesa y tú, mi Vitalis (que significa literalmente VIDA) aquí a mi verita, acompañándome en mi trigésima vuelta al sol.



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