DE HISTORIAS Y PUERTAS

Cruzar puertas ha sido siempre un deporte ancestral, vinculado especialmente a la curiosidad. Sí, esa que mató al gato. Las puertas evocan historias, sugieren reflexiones, le cuentan a uno cosas. Siempre, claro está, sabiendo escuchar. Sabiendo observar. Sabiendo detenerse frente a ellas y dejándose seducir por cada uno de sus susurros. Quizá por todo eso que esconden, me gustan a mí más las puertas que a un tonto un lápiz. No hace falta ser Rappel, para saber que una puerta no es otra cosa que un símbolo de cambio, una división de espacios. Un lugar de tránsito entre dos estados distintos. Un ejemplo universal de transformación. La puerta es frontera. Es umbral. Misterio. La delimitación de dos mundos. Luz y oscuridad, vida y muerte, culpa y perdón, cielo e infierno, cuarentena o libertad. Qué se yo... Quizá por todo eso, o quizá por culpa de mi optimismo desmedido, quiero creer que en un mes vista, cruzaré -cruzaremos- por fin esa puerta a un nuevo mundo que espera detrás. Y debo reconocer, que me siento emocionada. Me atrevería a decir, que incluso nerviosa. Cruzar una puerta, igual que viajar, despierta ese sentido que nos hace estar atentos a cada detalle por pequeño que sea. Trae consigo esa emoción de las primeras veces, esa curiosidad, esos nervios por todo lo nuevo que se presenta en el día a día. Llámame optimista otra vez, pero déjame creer que después de tantos días encerrados, vamos a ser capaces -quizá no todos, pero seguramente unos cuantos- de cruzar esa puerta y de mirar de forma diferente todas esas cosas ordinarias. Sabes de lo que hablo, ¿verdad? De esa infinidad de rutinas diminutas que han estado siempre delante de nuestros ojos, pero han quedado atrapadas tras el fino velo de la cotidianidad. “Hay algo en alejarse, en viajar a otro lugar, que nos transforma en ese niño al que todo le sorprende y que todo lo pregunta, como si de golpe quisiéramos entender el mundo entero en una mañana”, dice el periodista Kiko Llaneras. Quizá sea momento de dejarse sorprender de nuevo. De volver a ser ese niño. Al fin y al cabo, ¿Qué es una puerta sino un viaje más? 


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