"COMPARTIR" ES VIVIR

Dicen que el amor se celebra todos los días. Pero también dicen que no existe amor tan sincero como el amor a la comida... Así es como nace este 2x1 amoroso-gastronómico que nos marcamos el año pasado para celebrar nuestra primera vuelta al sol juntos como (gastro) cuentistas.


¿El lugar elegido para tal ocasión especial? Cadaqués, la perla de la Costa Brava. Y más concretamente el Restaurante Compartir, el sueño cumplido y la que fue la primera experiencia como empresarios de Oriol Castro, Eduard Xatruch y Mateu Casañas, exjefes de cocina de El Bulli, el paraíso culinario de Ferran Adrià.


Y precisamente de esa manera tan nuestra de socializar, de relacionarnos y de vivir tan ‘mediterráneamente’ como nos gusta a los que aquí, surge este proyecto de cocina informal y moderna salpicada de elaboraciones tradicionales, con productos de temporada y de calidad, sin más aspiraciones que la de cumplir el propósito de su propio nombre: servir platos para COMPARTIR.


Aviso para navegantes. De todos los gastrocuentos que hemos publicado hasta la fecha, éste se lleva la Palma de Oro, el Oscar al mejor menú de los menuses, el Pulitzer a diez platos con tres postres que te dejan sin palabras, el Grammy a la mejor música mediterránea para el paladar.


Si estás leyendo esto sin haber comido, prepárate para salivar. Si ya lo has hecho, prepárate igual. El que avisa no es traidor...


¡Y ahora vamos al lío!


El festín comienza con un cocktail de bienvenida de fruta de la pasión y tostado de café.



Y aquí llega el primero de los diez platos que tenemos todavía por delante en este gastroviaje por la Costa Brava. Ensalada de pepino con salsa hoisin.



Después de una mañana de playa, este tentempié fresquito lo devoramos en un santiamén... Y ahora vienen la sardinas marinadas con espuma de cítrico y zanahoria. Pero tenemos tanta hambre, que al ser el primer plato con algo de “consistencia” se nos ha pasao’ hacer la foto. (Nadie dijo que ser influencers de pacotilla fuera fácil).


Ahora sí que sí. Mochilín, saca la cámara, que ésta no se nos pasa. Viene el camarero y nos pregunta si nos gustan las ostras. Se hace un silencio. Tenemos un empate técnico, yo detesto la textura mocosa tan característica de esos moluscos marinos, y a mi querido compi de vida y de mesa le fascinan. Dos segundos después le contestamos al camarero con un “sí” y un “no” simultáneos.


El camarero se ríe. Probablemente está más que acostumbrado a este cruce de respuestas cuando de ostras se trata, pues son de esos bichos que o los amas o los odias. Luego se acerca a mi oreja y un intento de ofertón suculento, me susurra… Eso es porque no has probado las ostras de aquí. Ostras con ponzu, huevas de salmón salvaje y wakame.



Amén. Vete trayendo dos, que con todo eso que lleva, probablemente a lo que menos sepa sea a ostra. Y bendita elección...


Vamos a por el siguiente: Canelón de atún con sabores del mediterráneo y esferificaciones de aceite de oliva.



Esto de los menuses degustación cada vez nos está gustando más. Y así, sin comerlo ni beberlo… ya estamos en el ecuador del asunto. Venga, que llega el quinto: Buey de mar con mayonesa, aguacate y huevo.



Estamos terminando de repelar bien el sabor a mar de la cuchara cuando hace los honores la Caballa con cuscús de coliflor y alga nori.



Ojo que el “Mar y montaña” viene pisando fuerte. Lo que a priori puede parecer “mató” -un estilo de requesón típico de Cataluña y Baleares-, no lo es… El camarero lo presenta como un falso mató hecho de almendra emulsionada con aceite de trufa y piñones. Casi ná.



Las instrucciones para devorar semejante trampantojo son claras y concisas: primero las anchoas y luego el queso impostor.


Nuestros estómagos reciben il bocatto di cardinale como agüita de mayo, pero empiezan a estar al borde del abismo. Hacemos un rápido recuento mental de todo lo que hemos comido. Nuestros cálculos -y la botellica de vino blanco que ya casi nos hemos pimplao’- nos llevan a pensar que debe quedar uno más.


Cuando el camarero nos saca de dudas afirmando que nos faltan TRES más antes de los postres, casi nos caemos de la silla.


Vamos con el pulpo agridulce, berenjena y alga de sudáfrica. Qué fantasía de plato. Es tan bonito y en 3D que da penita comérselo.



Y ahí llega el penúltimo: Vieiras a la catalana con piñones y espinacas. Somos unos fans incondicionales de las vieiras, no se ven frecuentemente y allá donde vamos y las vemos en la carta -siempre que no nos desplumen la cartera demasiado- las pedimos. Pero éstas… Canelita fina.



Y ahora sí, el último de los 10 platos del menú (sin contar los tres postres que faltan, claro): Pato con canela, chocolate y fresas con reducción de vino tinto.



¿Has dicho chocolate? Efestiviwonder. Como lo oyes, o mejor dicho, como lo lees. Menudo broche final para acabar ya de reventar.


Los postres originales del menú llevan leche los tres, y como saben desde un inicio que yo soy intolerante, los han cambiado por estos otros un poco más ligeros y refrescantes (¡Gracias a dios!)


Helado de mango con piña y frambuesas.



Fresas con helado de frambuesas y piel de naranja.



Bolas de maracuyá recubiertas de chocolate de almendra y praliné de avellana.



Y con esto y un bizcocho, -o unas bolas de maracuyá, que suena mucho más exótico aunque no rime- damos por terminado este pasote absoluto de menú degustación en el que se ha convertido desde hoy en uno de los mejores sitios en los que nos hemos puesto finos filipinos disfrutando de los platos de quienes estuvieron a cargo de la cocina más memorable de todos los tiempos.


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