A SIETE METROS DEL SUELO

Cae la noche mientras suena Have you ever seen the rain en una vieja radio en el porche. No hay electricidad, nuestros móviles están sin batería tras un largo domingo de celebración y a penas hay cobertura. No es que nos hayamos vuelto unos hipsters vintage de la leche. (Aunque también). El caso es que ya sabíamos que pasaría, por eso lo de la radio.


Bueno, lo sabía yo. Él no. Él ha conducido desde Cadaqués hasta aquí siguiendo mis indicaciones. Cuando nos hemos empezado a adentrar por los senderos perdidos del parque natural del Montnegre-Corredor se ha empezado a poner algo nervioso inquiriéndome con la mirada “¿A dónde recórcholis me llevas? Yo reía sin mediar palabra. Ten paciencia. Pronto lo verás.


Lo curioso del misterio, es que no podría haberme salido mejor. Me temía que estando ya cerca de la sorpresa en cuestión, los carteles indicativos en la carretera me jorobarían el plan secreto de aniversario, pero al final la sorpresa me la he llevado yo, porque a excepción de unos cuantos rótulos anunciando paseos en burro -cosa que ha desconcertado bastante al conductor y yo he utilizado a mi favor para turbar aún más su desconcierto-, nada revelaba el destino real al que nos dirigíamos.


Cuando el camino ya no continuaba más, hemos aparcado el coche y se me ha ocurrido proponerle que se cambiara las chanclas por zapatillas. (Y menos mal). Al completar la misión y llegar al “misterioso lugar” -venga, no lo niegues, ahora eres tú quién está más intrigado que él- y entrar en la recepción, una pequeña casa de madera con dos o tres mesas fuera donde poder beber algo, el recepcionista ha tomado nuestros nombres y nos ha dado un kit de supervivencia: un cesto con dos linternas, una lamparita, un walkie talkie y un mapa. ¡Empieza la aventura! Nos ha dicho guiñándonos un ojo.



Mi querido conductor, que seguía sin pestañear, ha cogido la cesta sin saber si estaba a punto de iniciar un Escape Room o de irse de picnic al bosque con aquel cesto. Y entonces la aventura ha llegado de verdad, cuando tras comprobar en el mapa la distancia a recorrer hasta nuestro destino, hemos sacado las maletas del coche y hemos emprendido una ruta en plena montaña empinada de teóricamente 25 minutos. Y digo lo de “teóricamente”, porque el itinerario, en pleno parque natural, está pensado para ir con equipación excursionista de mochila y chirucas, y no precisamente con maleta de ruedas, sombrero y chanclas.



Habiendo ratificado al muchacho de la recepción y a algún que otro espontáneo de la zona, que éramos los Pixapins (denominación que utilizan los catalanes de pueblo para referirse a los urbanitas de Barcelona) más Pixapins de todo el santo parque, hemos seguido ascendiendo el sendero cuesta arriba, sudando como dos gorrinos con la poca dignidad que nos quedaba, hasta llegar, por fin, a nuestra cabaña.



La sorpresa ha valido la pena, incluso hasta para el pobre botones descamisao’ y sudoroso que a duras penas ha subido las maletas hasta el quinto infierno. Claro que, ya que todos los infiernos fueran igual que ese.


Pero volviendo al inicio de este cuento… Cae la noche mientras suena Have you ever seen the rain en una vieja radio. Y como si de una especie de profecía se tratara, el cielo, que andaba ya mostrando su paleta de grises desde hacía un buen rato, empieza a descargar lluvia como si no hubiera mañana. Nosotros, en el porche, contemplamos en silencio el atardecer en el horizonte, mientras las hojas de los cientos de árboles que nos rodean, bailan al son de la lluvia y la voz de John Fogerty de los Creedence.


El reloj marca las nueve. La hora perfecta para descorchar una botella de Verdejo, encender la lamparita de supervivencia porque a penas ya se ve, y empezar a cenar en ese bendito porche donde el tiempo no existe y la vida se mide en sorbos de vino.


Desconectar para volver a conectar. Sin electricidad. Sin agua corriente. Sin tecnología. Solo nosotros y los secretos del bosque. Silencio. Naturaleza. Paz. Lluvia. El olor a tierra mojada. El canto de los grillos. Un cielo negro pintado de estrellas. La tenue luz de unas cuantas velas para pasar la noche. Y qué noche...


Amanecemos a siete metros del suelo, con el canto de los pájaros y tapados con la sábana hasta las cejas en pleno mes de julio. Eso sí que es gustirrinín del bueno. Y no que la declaración de Hacienda te salga a devolver.


Nos lavamos la cara como antaño, con aguamanil -para ti, pedazo de millennial, que estás buscando en google qué demonios es eso, se trata de un jarro y una palangana donde echar agua para lavarse- y volvemos a salir a ese maravilloso porche, a seguir viendo la vida pasar. ¿Acaso existe mejor plan que ese para un lunes?


Poco después, los animales del bosque, que son muy sabios y saben que tenemos más hambre que el perro del afilador -querido millenial, el afilador era un comerciante ambulante que viajaba por los pueblos en bicicleta afilando cuchillos y otro tipo de utensilios punzantes- nos traen el desayuno en un cesto.


Y viajamos de nuevo al pasado, subiendo nuestro cesto cargadito de cosas ricas con una polea desde la terraza. Zumo recién exprimido, leche y café, un plato de embutido, pan recién horneado, un par de croissants… Seguramente, Blancanieves se hubiera quedado durmiendo un rato más en el bosque, de haber sabido lo que eran capaces de hacer los animalillos silvestres para contentar una barriga hambrienta.



La lluvia nos acompaña nuevamente, aportando su toque de magia y haciendo más idílica -si es que se puede- la experiencia de amanecer sobre la copa de un árbol. Pasamos la mañana charlando, riendo, leyendo… taza de café en mano.





La escena es bucólica a la par que encantadora, desde luego. Pero hasta los mejores cuentos pueden verse truncados por la cruda realidad. Y si no que se lo digan a Cenicienta a las doce de la noche…


En nuestro caso, es a las 12 del mediodía, cuando el hechizo se rompe, teniendo que abandonar el palacio y haciendo la Spartan Race descendiendo a toda prisa río abajo con las maletas y el diluvio universal a lo Rambo, con el barro hasta las cejas.


Pero como en todo cuento de Disney, en ese preciso instante en que el mundo se derrumba y parece que todo juega en tu contra, aparece uno de los personajes más fundamentales en todo relato, que no es otro que el hada madrina, cuyo papel salvador no es otro que el de ayudar y proteger de todo mal a los protagonistas de la historia, osease nosotros, el par de Pixapins en apuros.


Y así es como gracias al walkie talkie abandonado en el cesto de supervivencia que nos dieron la noche anterior, conseguimos contactar con el mundo exterior para que vengan a socorrernos en carroza, minutos antes de que ésta se convierta en calabaza.


Y colorín colorao'… el cuento de la cabaña se ha terminao'

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