ANOCHE NOS LLEVARON AL HUERTO


Anoche nos llevaron al huerto.

Podría adornar algo más la narración, hacer hincapié en las ganas que teníamos de poner por fin un pie en el continente asiático, en las mariposas que sentimos en el estómago cuando las ruedas del avión rozaron el suelo y el comandante chapurreó en un inglés más que sospechoso el tan esperado “Señores y señoras, bienvenidos a Bali”, en el hambre que llevábamos puesta tras seis horas y media de vuelo desde Australia y ni un triste vaso de agua… pero el quid de la cuestión es que anoche nos llevaron al huerto. Y no quiero andarme por las ramas sin contarte antes cómo de surrealista fue nuestra bienvenida balinesa.


La llegada al aeropuerto fue triunfal. Recogimos en la cinta nuestros mochilones de 60 litros y al abrirse la puertas correderas para salir al exterior y protagonizar el clásico “Lluvia de estrellas” de todo aeropuerto, nos encontramos con la versión en carne y hueso de “Buscando a Wally”. Un centenar de hombres apelotonados unos con otros nos miraban ojipláticos sujetando carteles blancos con nombres y apellidos de todo tipo y sonreían exageradamente como intentando ganar un concurso de Profident.

Después del shock, conseguimos encontrar a nuestro Wally balinés que nos acompañó hasta el taxi sin dejar de sonreír en ningún momento. Ya de camino, le preguntamos si habría posibilidad de cenar al llegar al alojamiento porque estábamos famélicas y nos quedaba todavía una hora hasta Ubud. Wally llamó a su mujer por teléfono para preguntarle, pero no hubo suerte, así que nos prometió una parada a medio trayecto dónde poder comer algo.

El lugar en cuestión no sería más grande que el baño de mi casa. Tres sillas, una televisión que sonaba de fondo y una especie de escaparate al exterior del cual colgaba una ristra de pescados momificados de dudosa comestibilidad de un cordel del techo. La mujer que los custodiaba y tres hombres más sentados tras ella, nos saludaron efusivamente al entrar, de nuevo con una sonrisa en la cara. Nuestro Wally favorito les dijo en balinés que queríamos algo para cenar, mientras nosotras contemplábamos atónitas el arsenal de lagartijas correteando por la pared. La mujer señaló con vehemencia los difuntos pescados que pendían sobre su cabeza y nos mostró también una olla con restos de pollo.

Nos miramos las tres un segundo y la decisión fue unánime. Nos tiramos a lo seguro, el pollo al curry. Por lo menos si el pollo estaba estaba rancio, el sabor del curry lo camuflaría... y moriríamos felizmente envenenadas. “Tikiwei” dijo la mujer. Pero no nos dimos por aludidas. “¿Tikiwei?” volvió a repetir, esta vez en tono de pregunta y mostrándonos una sonrisa todavía más colosal si cabe. Vacilamos unos segundos y contestamos al unísono un “no” rotundo por precaución. Por lo que pudiera significar aquello. No podía uno arriesgarse a que el “tiki” no sé qué de las narices fuera una salsa picante para añadirle al curry o un pescadito disecado de postre cortesía de la casa...

El taxista al ver nuestra reacción, reemplazó esta vez su permanente sonrisa por una carcajada y luego nos tradujo el “Tikiwey” como “Take away” (para llevar). Después de aquel momentazo nos reímos todos a pierna suelta, los ocho que allí estábamos metidos en apenas dos metros cuadrados, mientras la dueña se disponía a preparar el mejor take away de la historia. Cogió tres hojas de plátano y les echó un puñado de arroz y unos pedazos de pollo a cada una. Luego las envolvió en un paquetito minúsculo y las anudó con una goma. Salimos de allí y nos montamos de nuevo en el taxi sonrientes y satisfechas, con el mejor souvenir que le podían hacer a uno a esas tardías horas.

Pero lo cierto es que la sonrisa no nos duró mucho… unos veinte minutos después, el coche frenó en seco y Wally nos dijo que habíamos llegado. Por un momento llegamos a dudar si los cristales del coche estaban tintados y por eso no se veía más que el negro de la noche. Al bajar del taxi corroboramos que efectivamente estábamos literalmente en medio de la nada. Wally abrió el maletero para que cogiéramos nuestras mochilas y luego nos dijo que le siguiéramos. Empezamos a caminar en la más absoluta oscuridad hasta que una de nosotras sacó la linterna del móvil, al deducir que Wally debía tener superpoderes o infrarrojos integrados de serie, porque el tío caminaba como Pedro por su casa y nosotras habíamos estado ya tres veces a punto de dejarnos los dientes en el suelo.

No entendíamos nada, aquello no se parecía en absoluto a la foto de internet que habíamos visto cuando hicimos la reserva. Continuamos caminando hasta que Wally se detuvo de golpe y me dijo que alumbrara al frente un momento. Nuestros ojos se abrieron como los de tres búhos cuando vimos que estábamos a punto de meternos en medio de unos arrozales enormes. “Ahora tened cuidado y mirad dónde pisáis” nos advirtió. Y nos fuimos de expedición nocturna en fila india y haciendo malabares para no perder el equilibrio con aquellos mochilones que pesaban como losas, siguiendo un estrecho camino laberíntico por el interior de los arrozales e intentando no caer en la acequia.

Wally nos había hecho la 13-14. Nos había llevado literalmente al huerto. Así sin avisar. Sin anestesia. Pero en aquel momento no estábamos para pedir explicaciones, bastante trabajo teníamos ya con poner los cinco sentidos en no caernos al agua... Después de un buen rato de peregrinación extrema digna de uno de esos programas de Jesús Calleja, vimos literalmente la luz al final del túnel. Habíamos llegado. Wally sacó las llaves del bolsillo y abrió una gran verja negra que rodeaba nuestra villa. Luego abrió una segunda puerta de la casa invitándonos a pasar.

A punto estábamos ya de respirar tranquilas y decirle por fin buenas noches a Wally, cuando de pronto se dio media vuelta y antes de despedirse, quiso presentarnos a alguien. Dio un silbido y poco segundos después, apareció Rambo (así le bautizamos) asomándose entre los barrotes de la verja. Un tipo de pelo largo y turbante negro en la frente que llevaba un pedazo de rifle de matar elefantes en las manos y una perturbadora sonrisa en la cara. Aquello fue la guinda del pastel. De mear y no echar gota. Nos quedamos petrificadas observando a aquel personaje de los pies a la cabeza, esperando ser aniquiladas o algo parecido en cualquier momento. Pero entonces Rambo nos tendió la mano muy amablemente y nos dijo que estaba allí para protegernos, que era el guardián de la villa y que andaría por allí toda la noche.

Después de la presentación oficial del doble de Stallone, cerramos la puerta intentando asimilar todo lo que había pasado en poco menos de dos horas. Aunque lo cierto es que cuando vimos por fin lo que había en el interior de la villa, se nos bajó todo el sofocón de golpe. Aquello era idílico. No podía ser real. No después del transcurso de los acontecimientos anteriores…

Sacamos nuestra paquetito envuelto en hoja de banana y nos salimos a nuestro pedazo de huerto privado para degustar probablemente el mejor pollo con curry del mundo sin poder parar de reir. Luego nos dimos un baño en la piscina para apaciguar los treinta y no sé cuántos insufribles grados que hacía aquella noche, y terminamos durmiendo como tres troncos cada una en su habitación de marajá.


Esta mañana cuando hemos abierto los ojos... no te podrías imaginar. Un paisaje desolador. Seguramente no querrías estar aquí. De verdad, créeme. Bueno, mejor no te lo cuento. Ya si eso te lo enseño.



Amanecer en un lugar como éste no tiene precio. Paz y tranquilidad en mayúsculas.

Anoche nos llevaron al huerto. Hoy nos toca descubrir Ubud, aunque tenemos un reto. Nos acaba de traer Rambo las motos para llegar hasta el pueblo. Ahora tenemos que deshacer el caminito estrecho y laberíntico de anoche entre acequias de agua en moto (con el añadido de no haber cogido nunca antes una, claro). Puro espectáculo. Ríete tú de los del Circo del Sol…




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